East Side Gallery. El grito silencioso del arte en el Muro.

Hace treinta años, la noche del 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín. Se derribó la frontera que durante veintiocho años había roto Europa en dos; así, tal y como se había erigido, de la noche a la mañana, con la oscuridad como único testigo, cayó, pero bajo la atenta mirada de toda una generación, en lo que se conoció como Die Wende (“El Cambio”).


Pronto el Muro se convertiría en un monumento de protesta, en el que el rencor se liberó en forma de arte por parte de decenas de artistas. Las pintadas comenzaron en 1984, cuando Thierry Noir, un joven francés instalado en Berlín Occidental (ya que en la RDA la pared del muro era inaccesible) decidió atacar a aquel “viejo monstruo”, tal y como él lo veía, que “de vez en cuando se levantaba, se comía a alguien y volvía a dormirse”, refiriéndose a las víctimas de la llamada “franja de la muerte”.

Muchos ciudadanos le siguieron: garabateaban monstruos, como los que los habían encerrado, fantaseaban con la libertad, que tomaba la forma de automóviles modelo trabant* simulando romper la pared que aprisionó ambos lados del mundo.
trabant

        (*trabant modelo utilizado por gran parte de los habitantes de la RDA)

Estas pintadas, al ser consideradas muestras de “arte callejero” o grafitti, estuvieron desamparadas durante años, hasta que, en 1996, Kani Alavi, artista berlinés de origen iraní, fundó la East Side Gallery con el objetivo de preservar la mayor galería de arte al aire libre del mundo, conformada por los 1,3 km que quedaron en pie del muro. Sin embargo, no fue hasta 2018 cuando se transfirió la propiedad de la East Side Gallery a la Fundación Muro de Berlín, quedando protegida de proyectos inmobiliarios como los que ya habían obligado a retirar parte de los murales y a los que los ciudadanos, unidos como un pueblo por aquello que durante años los había apartado unos de otros, se opusieron rotundamente.
A día de hoy, la institución de la East Side Gallery reúne las pintadas que aparecieron en el muro durante la Guerra Fría y los murales posteriores su caída elaborados por decenas de artistas locales y de todo el mundo. Arte nacido del dolor y el rencor, que nos recuerda que la esperanza seguía viva a ambos lados del muro.
También se incluye en la colección la exposición preparada para el trigésimo aniversario; Point of no return (Punto de no retorno), tintada de pesadumbre por los hechos acontecidos, con obras como Aufbruch (salida) de Norbert Wagenbrett; que muestra a dos jóvenes saliendo de lo que parece asfalto o cemento, confundidos y abatidos, pese a conseguir escapar de la masa que los encerraba, tal y como debieron sentirse los berlineses cuando se les abrieron las puertas del mundo.
aufbruch,.

Asimismo, la consigna que regirá la celebración de este año, será precisamente el deseo de “no celebración”, el deseo por no tener que celebrar la caída de ninguna frontera.

Sin embargo, ni todas las fronteras han abierto ya sus puertas, ni todas las paredes son de ladrillo; estamos ahora presenciando un levantamiento irrefrenable de muros hacia multitud de manifestaciones de la propia libertad, hacia el mismo arte, nada menos, hacia lo que se concibe como “raro” o “diferente”. Mientras los mismos constructores de esos muros invisibles, pero no menos sólidos por ello, se hinchan de orgullo premiando lo “extraordinario” o “especial” como si nunca se hubiera tirado abajo la barrera entre lo “peculiar” y lo “rompedor” e “innovador”.
A día de hoy, se han derribado muchas barreras como la de Berlín pero, para evitar en un primer momento la rotura de familias, pueblos, naciones, incluso de la misma sociedad, la humanidad no debe olvidar por dónde ha pasado, de dónde viene y hacia dónde va, a qué nos dirigimos como individuos y como parte de una misma entidad que se rompe cuando, en efecto, no lo es.

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