Mr Foster tiene un lápiz: una metodología proyectual.

La exposición en la Fundación Telefónica de Norman Foster nos  dejó un buen sabor de boca… y muchas ideas. Aquí podéis leer todo lo que se nos vino a la cabeza después del encuentro con la obra del brillante arquitecto de Manchester, que en un espacio reducido nos plantea problemas fundamentales de la metodología proyectual, tales como la vida después de la muerte de los productos o su impacto cultural.


Cuando a mediados del siglo XVIII un loco aristócrata inglés llamado Hans Sloane propuso que su colección de exóticas antigüedades se convirtiera en el museo nacional se produjo en la cámara de los lores una reacción cuanto menos sorprendente: gran parte de ellos se opuso rotundamente a su creación. ¿Por qué? A aquellas momias con peluca les parecía obvio. ¿Cómo iba a apreciar el pueblo ingles sus propios edificios, su artesanía, su cultura, si tenían ejemplos de tal belleza provenientes de todas las culturas al alcance de su mano? A la élite inglesa le parecía que educar el gusto y la consciencia crítica del pueblo podía ser un motivo de subversión. Hacer pensar a los súbditos era extremadamente peligroso. La historia se volvió a repetir en plena revolución industrial cuando otro grupo de visionarios exigieron la creación de la National Gallery, pero esa es otra historia. A estos irreductibles intelectuales y artistas se les debe la difusión de la cultura en la isla del mal tiempo, gracias a ellos en tres siglos Gran Bretaña ha sido la madre de increíbles personalidades artísticas, diseñadores y arquitectos. Y es aquí donde entra en escena nuestro protagonista, Norman Foster, al que la Fundación Telefónica ha dedicado una eficaz exposición.
Una selección de obras de diferentes épocas estructurada en doce problemas fundamentales que han ocupado puestos de relevancia en la lista de preocupaciones del arquitecto inglés. No es una exposición divulgativa, informativa o apologética, te hacer pensar. El hecho de proponer al visitante problemas para el futuro es sorprendentemente inspirador. Podríamos limitarnos a elogiar los beneficios de la exposición y haceros un esquema de lo que podréis encontrar en ella pero sería inútil. Levantaos del sofá y e id a verla, no tenéis excusas, es gratis. Porque realmente la visión de Foster puede darnos una nueva perspectiva y enriquecernos en nuestro rol de potenciales diseñadores.
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Sorprende la cantidad de veces que a lo largo del recorrido oiremos la palabra diseño. Es iluminador encontrar que la metodología proyectual de un arquitecto abierto y moderno es universal a la hora de afrontar problemas complejos, ya sean estos objetos de uso cotidiano o megaestructuras. Por lo tanto varios de los problemas propuestos son perfectamente extrapolables al mundo del diseño.
En primer lugar nos parece interesante el valor que Foster da a la tradición.

Según su opinión hasta la última de las vanguardias bebe de una u otra manera de un fenómeno anterior, por muy esencial y lejano que sea. El proyectista no puede diseñar sin un background cultural y un debido estudio del ambiente en el que el objeto del proyecto se va a introducir. Todo aquello que creamos debe ser respetuoso con el entorno y no sólo a nivel ambiental sino también en el plano cultural.

Como ejemplo de estos conceptos se proponen el estudio socio-cultural de la isla de la Gomera, que el arquitecto llevó a cabo para atenuar el impacto de la llegada de los turistas a la isla, y la Carré d’Art de Nimes, inspirada en el templo romano, que en su modernidad encaja perfectamente en el ambiente arcaico del centro de la ciudad.

Otro concepto en el que el arquitecto inglés hace hincapié es en la flexibilidad de los productos. En su opinión se debe pensar en la vida después de la muerte, en términos metafóricos, de un objeto.

Dicho de otra manera, el proyectista debe prever que aquello que diseña puede perder su uso inicial para pasar a desempeñar otras funciones, y actuar en consecuencia.

Como ejemplo nos propone la Casa de Gobierno de Buenos Aires que fue concebida como sede del banco central pero que con posterioridad fue utilizada como sede del gobierno central adaptándose perfectamente al nuevo uso.

El último, y puede que más valioso de los consejos de Foster, es más un recordatorio que una idea original, pero no por ello menos relevante.

Foster nos recuerda que la actividad creativa del diseño es una actividad colectiva y que resulta complicado acercarse a la perfección sin la ayuda de un equipo o sin alguien con quién contrastar ideas.

Por muy maravillosa y organizada que sea nuestra mente siempre habrá detalles que escapen de nuestra atención, detalles que podrían suponer un salto de calidad. Nos queda claro después de escuchar una anécdota de Foster al que su colaborador y amigo Richard Buckminster Fuller preguntó, después de haber estado sobrevolando en helicóptero el centro Sainsbury, -¿Cuánto pesa su edificio señor Foster?-. Ante tal pregunta el arquitecto Británico se quedó en silencio, derrotado en cierto sentido, porque no tenía una respuesta. Claro está que la pregunta no se perdió en el olvido y Foster decidió descubrir cuánto pesaba aquella que creía su obra maestra. Esto le sirvió para darse cuenta de que las partes que más pesaban de su edificio eran tanto las menos atractivas como poco funcionales y que había pasado por alto la oportunidad de mejorar el todo ahorrando materiales. Con el tiempo la ligereza se convertiría en una de las principales características de sus obras y aquella pregunta en el detonante de una investigación aún más profunda que lo ha llevado a la fama y al reconocimiento mundial.
Para los más curiosos.

En definitiva la fundación Telefónica nos brinda una ocasión única de acercarnos a la arquitectura y aprender de ella conceptos tan interesantes como el de la flexibilidad de los productos o el estudio cultural. Es importante saber buscar la inspiración en los lugares más dispares y siempre que tengamos oportunidad, por lo tanto invito a todo el mundo a visitar la exposición y a buscar su propia inspiración en la obra de Norman Foster.

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